Morena: del discurso contra privilegios al uso político del poder

Morena es señalado por reproducir prácticas que antes criticaba, especialmente en el uso del poder y decisiones políticas. La congruencia del proyecto comienza a ser cuestionada.

Uno de los mayores activos políticos de Morena fue su narrativa contra los privilegios y los abusos del poder. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa bandera se ha ido desdibujando frente a decisiones que reflejan una lógica distinta: la del ejercicio del poder como herramienta política. Lejos de romper con las prácticas del pasado, el partido comienza a ser señalado por reproducirlas, generando una contradicción que impacta directamente en su credibilidad.

El problema no es solo lo que hace, sino lo que prometió no hacer. Morena construyó su identidad política a partir de la crítica a los excesos, al uso discrecional de recursos y a la manipulación de las instituciones. Hoy, diversas decisiones dentro del partido y del gobierno han abierto cuestionamientos sobre si esa postura fue una convicción o simplemente una estrategia para llegar al poder. Esta duda se vuelve central en la percepción pública.

Además, el uso político de las instituciones se ha convertido en uno de los puntos más sensibles. Cuando decisiones administrativas, legislativas o judiciales coinciden con intereses políticos, se fortalece la idea de que el aparato del Estado está siendo utilizado como una extensión del proyecto partidista. Esta dinámica no solo genera desconfianza, sino que debilita los contrapesos que deberían garantizar equilibrio en el ejercicio del poder.

A esto se suma la forma en que se han tomado decisiones internas dentro del partido. La concentración de poder en ciertos perfiles, la definición de candidaturas y el control de estructuras reflejan una lógica donde el acceso al poder se administra desde arriba. Este esquema contradice la narrativa original de apertura y participación, reforzando la percepción de que Morena ha transitado hacia un modelo más cerrado.

El contraste entre el discurso inicial y la realidad actual no pasa desapercibido. Lo que antes se señalaba como corrupción o abuso, hoy se percibe como una práctica normalizada. Esta transformación no solo afecta la imagen del partido, sino que también genera un desencanto en sectores que apostaron por un cambio real en la forma de gobernar.

Así, Morena enfrenta un reto que va más allá de resultados o cifras: el de sostener la congruencia. Cuando un movimiento que llegó criticando al poder termina replicando sus prácticas, la narrativa se invierte. Y en política, pocas cosas pesan tanto como perder la autoridad moral con la que se construyó un proyecto.