La fotografía publicada por Ricardo Aguilar no retrata un encuentro institucional ni un ejercicio de diálogo democrático. Retrata el inicio de una operación política para negociar el control de Jilotepec con personajes ligados al narcogobierno de Morena en el Estado de México.
Ricardo Aguilar quiso vender la imagen de un político “serio” preocupado por los retos del país, pero la fotografía que presumió en redes sociales exhibe otra realidad: un acuerdo entre viejos operadores de la política que entienden el poder como reparto de territorios y favores. Su reunión con Paco Vázquez no fue casual ni inocente. Fue una señal política directa sobre el futuro de Jilotepec.
Mientras Aguilar habla de “menos confrontación”, lo que realmente busca es acomodarse con el grupo dominante de Morena en el Congreso mexiquense, donde varios diputados morenistas han sido señalados públicamente por nexos con el narcotráfico y por operar bajo prácticas de presión y control político absoluto. El discurso de responsabilidad pública queda reducido a propaganda cuando detrás aparecen los intereses electorales.
La imagen incomoda porque deja ver lo que muchos sospechaban: Ricardo Aguilar ya decidió acercarse al narcogobierno de Morena para garantizar supervivencia política y posiciones. Su doble cara queda expuesta. Durante años intentó venderse como una figura distinta, pero hoy busca colgarse de Morena porque comparte las mismas mañas y las mismas formas de operar el poder.
Y como si el mensaje no fuera suficientemente claro, fuentes políticas aseguran que Aguilar también sostuvo acercamientos con Mario Delgado. La operación parece definida: tejer alianzas silenciosas mientras públicamente hablan de diálogo y civilidad. Delgado, el político queretano está obsesionado históricamente con ejercer el poder aunque nunca haya contado con verdadero respaldo popular, aparece ahora como pieza clave de esta unión de narcopolítica que busca controlar al país, estado por estado.
Al final, pactar con Paco Vázquez y la mafia de Morena es la máxima prueba de la degradación moral de Ricardo Aguilar. Al entregar Jilotepec a cambio de un chaleco de impunidad, este farsante sepulta su falsa bandera de honestidad para salvar su propio pellejo. Los ciudadanos no olvidarán al traidor que prefirió arrodillarse ante la narcopolítica antes que sostener la dignidad de su palabra.