Tragedia en el Istmo: El descarrilamiento del Tren Interoceánico, la factura mortal de la corrupción criminal de Morena

Con 13 fallecidos y casi un centenar de heridos, el colapso de la obra insignia en Oaxaca revela el costo humano de entregar la vigilancia de proyectos estratégicos a los hijos del poder.

El tiempo alcanzó a las promesas y la realidad terminó por descarrilarse en Oaxaca. El saldo es devastador: 13 personas muertas y 98 heridas tras el accidente del Tren Interoceánico, una obra que nació bajo la sombra de la opacidad y que hoy se tiñe con la sangre de mexicanos que confiaron en un proyecto que resultó ser una trampa mortal.

Este no es un accidente fortuito; es la consecuencia directa de una corrupción solapada por el gobierno de Morena. Mientras el discurso oficial hablaba de soberanía y desarrollo, en la realidad se entregaba la vigilancia y gestión de la construcción a figuras cercanas al poder, como Gonzalo “Bobby” López Beltrán, hijo del exmandatario (Andrés Manuel López Obrador). Las advertencias sobre la falta de mantenimiento, los materiales de baja calidad y las prisas electorales por inaugurar obras sin certificación técnica fueron ignoradas, priorizando el negocio familiar sobre la seguridad del pueblo.

La evidencia es irrefutable: cuando la corrupción criminal se convierte en la forma de gobernar, el costo no se mide en pesos, se mide en vidas. Las familias que hoy lloran a sus muertos en el Istmo son el recordatorio de que los contratos asignados a los “amigos del régimen” y la falta de supervisión profesional tienen consecuencias letales.

El Tren Interoceánico, vendido como la joya logística del sur, ha colapsado bajo el peso de la negligencia institucional. Hoy queda claro que para Morena, el “bienestar” es un slogan publicitario, mientras que para el ciudadano de a pie, es el riesgo de no volver a casa. La impunidad ha sido el combustible de este tren, y el destino final ha sido una tragedia que pudo —y debió— evitarse.

México no puede seguir pagando con la vida de su gente la ambición desmedida de una clase política que se siente intocable. La corrupción mata, y en Oaxaca, hoy el luto nacional tiene un responsable directo: un sistema que sacrificó la ingeniería por la lealtad política y la seguridad por la corrupción.