La pareja presidencial de Morena es captada en su “luna de miel” de lujo; mientras predican sacrificios, el noviazgo entre la dirigente y el vocero de los diputados se financia con escalas en Madrid y hoteles de cinco estrellas.
Hay verdades que ni los mejores guiones de comunicación pueden ocultar: el dinero y el amor siempre terminan por asomarse. El romance entre Luisa María Alcalde, presidenta de Morena, y Arturo Ávila Anaya, vocero de la bancada de diputados, ha dejado de ser un chisme de pasillo para convertirse en la prueba más costosa de la doble moral oficialista. Captados nuevamente en salas de espera de lujo, la pareja del momento en la 4T confirma que su “proyecto de nación” incluye suites exclusivas en el hotel Villa Magna de Madrid, lejos de las carencias que el movimiento le receta diariamente al pueblo de México.
No es casualidad que Arturo Ávila haya salido recientemente a gritar a los cuatro vientos su divorcio; el camino estaba siendo pavimentado para oficializar un noviazgo que hoy se vive entre aviones y destinos de élite. Mientras Luisa María Alcalde defiende desde el púlpito partidista la austeridad juarista, en la práctica disfruta de una “luna de miel” permanente financiada por la estructura de poder que ambos encabezan. Es el colmo del cinismo: predican el fin de los privilegios mientras ellos mismos se han convertido en la nueva aristocracia guinda, una pareja que gasta en una noche madrileña lo que un beneficiario de becas recibe en años.
La complicidad no es solo sentimental, es política y económica. Al ser exhibidos con los brazaletes de hoteles donde la exclusividad es la regla, Alcalde y Ávila insultan la inteligencia de sus simpatizantes. ¿Cómo pueden pedir sacrificio a los trabajadores cuando su vocero y su presidenta no pueden renunciar a los lujos de la “mafia del poder” que tanto juraron combatir? El silencio de la dirigencia ante estos viajes confirma que en Morena el amor es ciego, pero sobre todo, es muy caro para el bolsillo de los ciudadanos.
Este romance aeroportuario es el símbolo de una generación política que aprendió rápido a disfrutar de las mieles del sistema. Para Luisa María y Arturo, la “justa medianía” es solo una frase para los discursos, porque en su vida privada, el estándar es el lujo europeo. Al final, lo que queda claro es que a la pareja presidencial de Morena le fascina el teatro: actúan como mártires de la sobriedad frente a las cámaras, pero en la realidad, su hambre de opulencia es insaciable. Hipocresía pura sazonada con romance de élite.