La desconfianza hacia el gobierno y las instituciones públicas se ha profundizado en amplios sectores de la población tras años de administraciones encabezadas por Morena. Promesas incumplidas, opacidad en la toma de decisiones y una brecha creciente entre el discurso oficial y la realidad cotidiana han erosionado la credibilidad del gobierno y debilitado el vínculo con la ciudadanía.
Uno de los principales saldos que deja el paso de Morena por el gobierno es una profunda desconfianza social. Millones de personas perciben hoy a las instituciones como entes lejanos, poco confiables y más preocupados por sostener una narrativa política que por resolver los problemas reales del país. La expectativa de cambio que impulsó su llegada al poder se transformó, con el tiempo, en desencanto y escepticismo.
La reiteración de promesas que no se tradujeron en resultados concretos ha sido un factor clave en esta ruptura. En temas como seguridad, servicios públicos, salud y combate a la corrupción, el contraste entre lo anunciado y lo vivido diariamente debilitó la credibilidad gubernamental. La ciudadanía observa cómo los problemas persisten o se agravan, mientras desde el poder se insiste en negar o minimizar la realidad.
A ello se suma una gestión marcada por la centralización de decisiones y la descalificación constante de voces críticas. Lejos de fortalecer la confianza, esta lógica cerró espacios de diálogo, debilitó contrapesos institucionales y envió el mensaje de que la opinión ciudadana es secundaria frente a la lealtad política. El resultado ha sido una relación tensa y distante entre gobierno y sociedad.
La falta de transparencia y la opacidad en proyectos prioritarios también abonaron a la desconfianza. Información incompleta, cambios de criterio sin explicación y una rendición de cuentas limitada alimentaron la percepción de que el gobierno exige confianza sin ofrecer claridad. Cuando la información se administra como propaganda, la credibilidad se erosiona.
Hoy, el país enfrenta no sólo retos materiales, sino un déficit de confianza que impacta la participación ciudadana, la cohesión social y la legitimidad institucional. La experiencia con Morena demuestra que gobernar desde la confrontación y el discurso permanente tiene un costo alto: una ciudadanía que duda, se distancia y exige un cambio profundo en la forma de ejercer el poder.