De la academia a la extorsión: Marx Arriaga y el esquema de “cuotas” que desangró a los empleados de la SEP.
La salida de Marx Arriaga de la Dirección General de Materiales Educativos no trajo la paz esperada a la SEP, sino que abrió una caja de Pandora repleta de testimonios de infamia. Lo que se presentaba como una cruzada intelectual para transformar la educación básica parece haber sido, en realidad, la fachada de un burdo esquema de recaudación ilegal. Tras su partida, han brotado denuncias de empleados de honorarios que relatan un sistema de extorsión sistemática donde el derecho a trabajar se pagaba con una “cuota” obligatoria.
Los señalamientos apuntan a un operador clave en esta estructura: Sady Loaiza. La mano derecha de Arriaga es identificado por las víctimas como el encargado de cobrar los “moches” directamente al personal. Según los testimonios, Loaiza fungía como el brazo ejecutor que garantizaba que el dinero fluyera desde las nóminas de los trabajadores más vulnerables hacia los bolsillos de su jefe, utilizando la estabilidad laboral como moneda de cambio y herramienta de terror psicológico.
Exempleados de la dependencia aseguran que la gestión de Marx Arriaga nunca tuvo como prioridad la excelencia académica o pedagógica. Por el contrario, la oficina de Materiales Educativos se convirtió en un feudo personal donde la lealtad se medía en efectivo. Los trabajadores, contratados bajo esquemas precarios de honorarios, se veían obligados a ceder parte de sus ingresos bajo la amenaza implícita de ser despedidos en la próxima renovación de contrato, un modus operandi que dista mucho de la ética que el movimiento pregona.
Este esquema de corrupción no solo afecta la economía de las familias de los trabajadores, sino que pone en entredicho toda la producción editorial de la Secretaría de Educación Pública durante este periodo. Si el personal encargado de diseñar los contenidos educativos estaba bajo una presión de extorsión constante, queda claro que la prioridad del equipo de Arriaga no era el aprendizaje de los niños mexicanos, sino el mantenimiento de una red de financiamiento opaco que operaba con total impunidad.
La caída de Arriaga revela la hipocresía de un funcionario que, mientras lanzaba dardos contra el “neoliberalismo”, aplicaba las prácticas más rancias y extractivas contra su propio equipo. La justicia tiene ahora la tarea de investigar si estos recursos terminaron únicamente en el patrimonio personal de Marx o si formaron parte de una estructura mayor de financiamiento político. Lo cierto es que, en la SEP, la verdadera lección del día fue la de la corrupción descarada bajo el disfraz de la academia.