EL “RETRATO” DE LA HIPOCRESÍA: Noroña, el monarca de la falsa austeridad

De los gritos en la calle a los óleos en el Senado y las mansiones en Tepoztlán: la metamorfosis de un “rebelde” que cambió sus ideales por boletos en Premier y una vida de millonario.

En el teatro de la política mexicana, nadie interpreta mejor el papel del “pueblo” mientras cena con cubiertos de plata que Gerardo Fernández Noroña. El hombre que por décadas se vendió como un activista de banqueta, hoy ha completado su transformación en la caricatura más perfecta de lo que juró destruir. Mientras el país sortea crisis económicas, Noroña se regaló a sí mismo un momento de gloria monárquica este enero de 2026: la develación de su propio retrato al óleo en la galería de presidentes del Senado. Un cuadro que simboliza un ego que ya no cabe en la “pobreza franciscana” que tanto predica.

Pero el lienzo es solo la superficie. La verdadera vida de Noroña ocurre en las nubes, lejos del transporte público que sus seguidores usan a diario. Recientemente fue exhibido durmiendo plácidamente en la clase Premier One en un vuelo internacional desde Europa; un lujo que cuesta lo que un trabajador promedio gana en años. Su respuesta ante el escándalo fue el sello de la casa: cinismo puro, alegando que “no existe la primera clase” mientras disfrutaba de las comodidades que solo el dinero del erario y el poder pueden comprar.

La incoherencia no termina en los aeropuertos. El paladín de los desposeídos es ahora el orgulloso dueño de una mansión de 12 millones de pesos en Tepoztlán. Es la magia de la autollamada transformación: entrar a la política denunciando a la “mafia del poder” y salir convertido en terrateniente en una de las zonas más exclusivas de Morelos, todo esto mientras —sin una pizca de vergüenza— cobra puntualmente su pensión del Bienestar para adultos mayores.

La conclusión es demoledora: Gerardo Fernández Noroña es el monumento viviente al doble discurso. Mientras en el micrófono exige sacrificios y “amor al pueblo”, en privado acumula millas en clase ejecutiva y habita residencias millonarias. El “sencillito” resultó ser un cortesano más, un político que utiliza el lenguaje de la izquierda para justificar los lujos de la derecha más rancia. Ya no es un representante popular; es un personaje de la alta sociedad que usa la gorra de rebelde solo cuando la cámara está encendida.

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