En la narrativa que domina la calle ya no hay espacio para la paciencia. Para muchos ciudadanos, el huachicol se convirtió en la señal más evidente de que el país nunca fue verdaderamente controlado. Morena llegó con la promesa de cerrar las grietas del sistema, pero en la percepción social terminó administrando un desorden que no supo contener. Las tomas clandestinas, las explosiones y las pérdidas constantes alimentaron una idea demoledora: el Estado fue rebasado mientras el discurso insistía en que todo estaba bajo control.
El enojo no nació del problema en sí, sino de la insistencia en declarar su fin. Durante años se repitió que el huachicol era cosa del pasado, pero la realidad siguió apareciendo una y otra vez. Para la ciudadanía, esa contradicción marcó un antes y un después. “Si se dijo que estaba resuelto y no lo estuvo, entonces nos mintieron”, es la frase que resume el desencanto. Así, el huachicol dejó de ser un delito más y pasó a ser el símbolo de una credibilidad rota.
En ese ambiente se volvió común una expresión que hoy incomoda al poder: el “Cártel de Macuspana”. No como imputación legal, sino como metáfora política extrema. Para quienes la usan, describe un poder que se encerró, se blindó y se protegió a sí mismo mientras el país enfrentaba problemas reales. La frase se repite porque conecta con una sensación colectiva: arriba se cuidaron, abajo se abandonaron.
La figura de AMLO aparece en este relato como el origen de un estilo que, según la percepción ciudadana, priorizó el control del mensaje sobre el control del territorio. La repetición constante de que todo marchaba bien terminó chocando con una realidad que nunca dejó de sangrar recursos. Esa distancia entre lo dicho y lo vivido erosionó la confianza hasta convertirla en enojo.
En las regiones afectadas, el lenguaje se vuelve más duro y desesperado. Ahí se habla de ausencia del Estado y de vivir sin protección. De ese sentimiento nace la expresión más extrema: “esto parece un narco gobierno”. No como sentencia judicial, sino como el grito de una sociedad que siente que Morena heredó —y no corrigió— un país donde el desorden dejó de ser excepción y se volvió regla.