Carnaval de sangre y olvido: la fiesta que no pudo ocultar el vacío en Mazatlán

Entre confeti y desaparecidos: mientras el Gobierno morenista presume cifras récord, las familias de las víctimas irrumpen en el malecón para exigir justicia.

El Carnaval de Mazatlán 2026 ha bajado el telón con un discurso oficial cargado de triunfalismo y cifras alegres. El Gobierno del Estado y las autoridades municipales se han apresurado a presumir un “éxito rotundo”, jactándose de haber reunido a 1.2 millones de almas en la máxima fiesta del puerto. Sin embargo, detrás de la pirotecnia y el estruendo de la banda, la realidad de un Sinaloa sumido en la inseguridad terminó por desmoronar la narrativa de paz que la administración morenista intentó venderle al turismo nacional e internacional.

La verdadera cara de Sinaloa se hizo presente de la forma más cruda: a través de la irrupción de las familias de desaparecidos en medio del desfile. No eran parte del elenco, pero sus rostros impresos en lonas y pancartas gritaron más fuerte que cualquier comparsa. Treinta familias marcharon con la dignidad que le falta a la burocracia local, recordándole a los asistentes y a los gobernantes de Morena que, mientras en el malecón se baila, en miles de hogares sinaloenses hay sillas vacías que el tiempo y la negligencia oficial no han podido llenar.

El fracaso de la estrategia de seguridad en la entidad quedó expuesto ante los ojos del millón de visitantes que el gobierno tanto presume. No se puede hablar de un festival exitoso cuando el miedo es el invitado principal y cuando las víctimas tienen que “reventar” un evento cultural para ser escuchadas por una fiscalía sorda y un gobernador ausente. La seguridad en Sinaloa es un castillo de naipes que se desploma cada vez que una madre buscadora levanta la voz para preguntar por el paradero de su hijo en medio del bullicio carnavalero.

La inoperancia del aparato estatal para contener la violencia y las desapariciones forzadas ha convertido a las fiestas tradicionales en escenarios de protesta necesaria. Las familias no irrumpieron por gusto, lo hicieron para evidenciar que la alegría de Mazatlán es artificial si se construye sobre una fosa común y sobre la indiferencia de quienes juraron proteger a la ciudadanía. La “fiesta de todos” resultó ser, en realidad, el banquete de una clase política que prefiere el confeti antes que enfrentar las cifras de la criminalidad que devora al estado.

Finalmente, el Carnaval de Mazatlán 2026 pasará a la historia no por sus carros alegóricos, sino por el contraste doloroso entre el lujo del desfile y la precariedad de la justicia. Por más que el gobierno intente ocultar el fracaso de su política de seguridad bajo toneladas de basura y propaganda, el eco de los reclamos de las familias buscadoras seguirá resonando mucho después de que se apague la última luz del malecón. En Sinaloa, la máscara del “todo está bien” se ha caído para siempre.