La austeridad se quedó en la banqueta de la Suprema Corte. Los nuevos integrantes del máximo tribunal, que llegaron con la bandera de la sencillez, hoy se desplazan en unidades de lujo; un silencio cómplice envuelve a figuras como Lenia Batres, quienes antes señalaban cada peso gastado por sus antecesores.
El discurso de la “austeridad republicana” se ha estrellado de frente contra la realidad de los estacionamientos de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN). En un acto que desmiente las promesas de terminar con los privilegios, los ministros de la “nueva Corte” han comenzado el 2026 estrenando camionetas de lujo con un valor superior al millón de pesos cada una. Lo que antes se denunciaba como un insulto al pueblo, hoy es la nueva normalidad para quienes aseguraron que llegarían al tribunal para democratizar la justicia y eliminar los excesos.
El argumento para justificar este gasto millonario es el de siempre: la seguridad. Sin embargo, resulta paradójico que este sea el mismo pretexto que la actual administración y sus aliados criticaron ferozmente durante años cuando se trataba de otros funcionarios. Parece que, para los nuevos ministros, el riesgo amerita asientos de piel y tecnología de punta, mientras que para el resto del sistema judicial se exige un recorte presupuestal que raya en la inoperatividad. El “blindaje” no es solo contra la delincuencia, sino contra el propio discurso de sencillez que los llevó al cargo.
Lo más notable de esta situación es el silencio ensordecedor de quienes hicieron de la crítica al lujo su plataforma política. Ministras como Lenia Batres, quien se presentó como la defensora de la economía institucional, no han emitido palabra alguna sobre esta renovación de flota vehicular. Aquellos que antes señalaban con índice flamígero cada prestación de la “vieja guardia”, hoy guardan una discreción absoluta mientras disfrutan de las mismas comodidades. La austeridad, al parecer, fue una herramienta para llegar al poder, pero no una norma para ejercerlo.
El balance para este inicio de año es claro: la austeridad es selectiva y solo existe en el discurso para las cámaras. Mientras se recortan programas básicos, la élite judicial cercana al gobierno asegura su zona de confort con recursos públicos. La ciudadanía observa cómo los rostros cambian, pero las mañas de la alta burocracia permanecen intactas. En la nueva SCJN, la justicia podrá ser lenta, pero el transporte de sus ministros siempre será de primer nivel, pagado, por supuesto, con el dinero de un pueblo al que le prometieron que las cosas serían diferentes.