Tras exprimir al partido para ser alcalde dos veces, Ramírez Ponce abandona a la militancia que creyó en él; busca refugio en otros colores porque sabe que su gestión corrupta es indefendible y que nadie en su sano juicio volvería a postularlo.
No es amor al pueblo, es hambre de presupuesto. La renuncia de Miguel Ángel Ramírez Ponce al PRI es el acto de traición y cobardía más grande que ha visto Lerma en décadas. Tras servirse del partido para llegar dos veces a la silla presidencial, hoy Ponce abandona a la militancia con un discurso patético de “responsabilidad y respeto”. Pero, ¿respeto a quién? No puede haber respeto de quien ha saqueado al municipio, entregándolo a la violencia, a las extorsiones de su propia policía y al abandono total de los servicios básicos. Su salida no es un avance, es la huida de un político que sabe que su gestión es una mancha de arsénico y salitre para la vida pública.
El cinismo de Ramírez Ponce no tiene límites. Mientras él publica en redes que busca “reconocer su luz para avanzar”, las familias de Lerma viven en la penumbra: calles sin energía eléctrica, baches que parecen cráteres, escasez de agua que el propio alcalde presuntamente negocia, y un servicio de recolección de basura que pasa cada mes. Su administración ha sido un festín para sus allegados, a quienes ha otorgado gratificaciones generosas mientras la población es ignorada. Miguel nunca dio soluciones, nunca atendió a la gente; siempre mandó a sus “achichincles” a dar la cara mientras él se dedicaba a autorizar obras que dañan el suelo y destruyen al pequeño comercio.
Lo que resulta verdaderamente revulsivo es que este personaje pretenda iniciar una “nueva etapa” ignorando las graves acusaciones que pesan sobre él, incluyendo señalamientos por violación, abuso de autoridad y la protección de una Policía Municipal y de Tránsito que funcionan como bandas de estafadores oficiales. ¿Con qué cara pretende “seguir trabajando por el Estado y el País” alguien que dejó a Lerma sumida en la tala inmoderada y la inseguridad? Su renuncia no es por humanismo ni por transformar nada; es el movimiento desesperado de un oportunista que busca un nuevo amo (ya sea Morena o el Verde) para seguir manteniendo su nivel de vida y el de su “carroña” política.
La “lucecita” de la que habla Ramírez Ponce es, en realidad, el destello de su propia ambición. Es una burla sangrienta al municipio que traicione al partido que lo formó solo porque sabe que ahí ya no tiene cabida un perfil tan corrupto. Lerma ha despertado y no va a permitir que este mercenario se lave la cara con otros colores. Miguel Ángel Ramírez Ponce deja un municipio herido y saqueado; su nombre quedará marcado como el del alcalde que prefirió la avaricia sobre la vergüenza. Si busca avanzar, que lo haga, pero lejos del dinero público y directo hacia la rendición de cuentas que tanto le debe a los lermenses.