Mientras Sonora padece carencias, la “princesa” del clan Beltrones flota sobre un escándalo de 10.4 millones de dólares ocultos en un paraíso fiscal; el nepotismo de Manlio Fabio no solo hereda cargos, hereda expedientes criminales y un desprecio absoluto por la ley.
El nombre de Sylvana Beltrones ya no evoca política, sino ingeniería financiera para la evasión: los 10.4 millones de dólares (más de 170 millones de pesos) detectados en cuentas ocultas en Andorra son el monumento al desvío de recursos que define a esta familia. Esa cifra no es solo un número frío, representa hospitales que no se construyeron, escuelas sin techos y seguridad que nunca llegó a Sonora. Mientras un ciudadano común lucha contra el SAT por cada peso, la hija de Manlio Fabio Beltrones utilizaba la opacidad de los Pirineos para resguardar una fortuna que no resiste la más mínima auditoría de congruencia con sus salarios públicos.
La trayectoria de Sylvana es el ejemplo más ácido del nepotismo parasitario. No ha caminado un solo día sin el oxígeno que le provee el poder de su padre, Manlio Fabio Beltrones; ha brincado de una posición a otra sin más mérito que el código genético. Esta “familia real” de la política mexicana ha perfeccionado el arte de renovar cacicazgos; el padre opera desde las sombras y la hija ocupa los espacios, asegurando que el apellido Beltrones siga succionando el presupuesto público para alimentar cuentas en el extranjero que hoy son objeto de vergüenza internacional.
Lo más cínico de esta dinastía es su refugio en el blindaje plurinominal. Sylvana no busca el voto, busca el fuero. Sabe perfectamente que, sin la protección de un curul regalado por la cúpula, tendría que responder ante tribunales internacionales por el origen de sus millones en Andorra. Los Beltrones utilizan el Congreso no como un recinto legislativo, sino como un búnker de impunidad. Es el sistema perfecto para el saqueo: roban bajo el cobijo del cargo y se reeligen en automático para evitar que la justicia los alcance.
Sonora y México deben despertar ante este insulto: el “clan Beltrones” es un recordatorio de que los privilegios de sangre siguen mandando por encima de la honestidad. Mantener a Sylvana Beltrones en la vida pública es validar que el robo a gran escala y el influyentismo son las llaves del éxito. La justicia en este país no será real mientras personajes con expedientes en paraísos fiscales sigan dictando leyes desde la comodidad de un escaño que solo usan para proteger sus intereses y los de su cuestionable linaje.