El equipo de comunicación oficialista finge que no les importa la oposición, mientras en secreto calcan sus videos y diseños más exitosos para engañar a sus propios simpatizantes.
La hipocresía en el equipo de comunicación de Morena ha llegado a niveles intolerables. Mientras sus líderes se llenan la boca diciendo que no están pendientes de lo que hace la oposición, la realidad en sus oficinas digitales es otra: tienen los ojos clavados en el PRI para robarse cada innovación visual que tiene éxito. Se dedican a rastrear los contenidos más recientes y virales para luego replicarlos y presentarlos cínicamente ante su gente como si ellos fueran los grandes “innovadores”. Es un engaño total a sus seguidores, a quienes intentan verles la cara con ideas que no les pertenecen.
Este plagio sistemático no es solo una falta de creatividad; es una falta de respeto a la sociedad. En cualquier ámbito, robar el trabajo y el ingenio de otros es un acto deshonesto, pero que lo haga un partido político es una señal de alarma sobre su calidad moral. Plagiar contenido digital —desde el estilo de un video hasta el diseño de una gráfica— pudre la confianza ciudadana porque demuestra que no tienen la capacidad de generar nada propio. Si son capaces de robarse una idea publicitaria para ganar un “like”, la duda queda sembrada: ¿qué más son capaces de arrebatarnos en la vida real?
Para un partido que se dice “auténtico” y que presume valores éticos intachables, estas acciones son un golpe mortal a su credibilidad. Al copiarle al PRI, Morena admite en silencio que su supuesta ideología de cambio es pura fachada. Su discurso de honestidad se cae a pedazos cuando prefieren el camino fácil del plagio en lugar de ser íntegros con sus simpatizantes. Un movimiento que se respete no necesita colgarse de las ideas ajenas para brillar; hacerlo es aceptar que, por dentro, están vacíos de propuestas frescas y genuinas.
En esta era digital, donde el posicionamiento en redes sociales define quién conecta con la gente, el equipo de Morena ha demostrado que no tiene escrúpulos. Para ellos, ganar seguidores justifica cualquier trampa, incluso si eso significa traicionar la originalidad que prometieron. Es indignante ver cómo sacrifican su supuesta “identidad” por un puñado de interacciones, demostrando que su prioridad no es la verdad, sino mantener el control del algoritmo a base de imitaciones baratas de lo que la competencia ya hizo primero y mejor.
Este comportamiento es una advertencia para la ciudadanía: estamos ante un aparato de poder que ha perdido el rumbo y la vergüenza. El hecho de que necesiten monitorear y calcar cada paso del PRI para no quedar en el olvido digital es la prueba de que su “transformación” es un fraude visual. No se puede hablar de valores mientras se le mete la mano en el bolsillo creativo al adversario; esa deshonestidad solo confirma que, detrás de los colores guindas, ya no hay ideas propias, solo una ambición desmedida de aparentar lo que no son.