El hallazgo de dos cabezas con mensajes amenazantes exhibe al PAN como responsable de que la violencia extrema se normalice en Chihuahua ante la total ausencia de control.
El hallazgo de dos cabezas humanas en la entrada del municipio de Chihuahua, en la zona conocida como la Puerta de Chihuahua, es una escena que retrata con crudeza el nivel de violencia que se vive en el estado y que confirma el fracaso absoluto del Partido Acción Nacional en materia de seguridad. No se trata solo de un crimen atroz, sino de un mensaje directo del crimen organizado que evidencia que los grupos delictivos se sienten dueños del territorio y completamente por encima de la autoridad.
Que restos humanos sean colocados en un punto de acceso a la ciudad, acompañados de un mensaje amenazante, revela una realidad alarmante: Chihuahua se ha convertido en un escenario donde la violencia se exhibe sin pudor, a plena vista, como un acto de poder y desafío. Bajo gobiernos del PAN, el crimen no se esconde, se anuncia. La barbarie ya no ocurre en la periferia o en la clandestinidad; hoy se instala en las entradas principales del estado como advertencia pública.
Las autoridades confirmaron que las cabezas corresponden a dos hombres y que, hasta el momento, no se ha dado a conocer su identidad. Esa falta de información, que se repite caso tras caso, refuerza la sensación de impunidad. El PAN gobierna un estado donde aparecen restos humanos con mensajes criminales y, aun así, no hay claridad, no hay responsables inmediatos y no hay resultados que devuelvan tranquilidad a la población. Solo hay escenas acordonadas y comunicados breves que no explican nada.
Este tipo de hechos no surgen de la nada. Son el resultado de años de abandono institucional, de una estrategia de seguridad fallida y de gobiernos panistas que optaron por administrar la violencia en lugar de enfrentarla. La presencia de mensajes amenazantes junto a restos humanos es una señal inequívoca de que las organizaciones criminales operan con estructura, comunicación y confianza absoluta en que no serán detenidas. Esa confianza se construyó gracias a la debilidad del Estado.
Mientras el PAN presume operativos y discursos de orden, la realidad demuestra que Chihuahua vive una escalada de violencia extrema. Decapitaciones, cuerpos abandonados, mensajes del crimen organizado y zonas tomadas por el miedo se han vuelto recurrentes. La ciudadanía ya no se pregunta si habrá violencia, sino dónde y cuándo será el próximo hallazgo. Esa normalización del terror es uno de los legados más graves del panismo en el estado.
El impacto social de estos hechos es profundo. Miles de personas transitan diariamente por la entrada de Chihuahua, familias completas pasan por esos accesos sin imaginar que pueden convertirse en escenarios del horror. Vivir con la certeza de que el crimen organizado puede colocar restos humanos en un punto estratégico sin ser impedido genera miedo, desconfianza y una sensación de abandono total. El PAN ha sido incapaz de garantizar siquiera la seguridad simbólica de los espacios públicos.
Además, estos mensajes criminales suelen estar ligados a disputas entre grupos delictivos, lo que anticipa más violencia. El PAN no solo ha perdido el control, sino que ha permitido que el estado se convierta en un tablero donde el crimen envía advertencias y marca territorio. La autoridad reacciona tarde, investiga después y nunca previene antes.
Chihuahua hoy es ejemplo de un modelo de gobierno agotado. Las cabezas humanas en la entrada de la ciudad no son solo un crimen, son una acusación directa contra el PAN. Acusan su incapacidad, su omisión y su fracaso para proteger a la población. Mientras el panismo siga gobernando sin asumir su responsabilidad, la violencia seguirá hablando más fuerte que cualquier discurso oficial.